La gestión emocional en las aulas sigue marcada por los estereotipos de género y las desigualdades sociales

27 Ago, 2026

La escuela no solo es un espacio de aprendizaje académico. También es uno de los principales escenarios donde niñas, niños y adolescentes aprenden a relacionarse, expresan lo que sienten y gestionan sus emociones. Sin embargo, esta dimensión emocional de la educación ha permanecido durante mucho tiempo en un segundo plano, como si se tratara de algo natural que se adquiere sin necesidad de trabajarlo de forma consciente.

En los últimos años, especialmente tras la pandemia de la COVID-19, la educación emocional ha comenzado a ocupar un lugar más relevante dentro del ámbito educativo. El aumento de situaciones de estrés, ansiedad, aislamiento o incertidumbre vividas por la infancia y la juventud evidenció la necesidad de reforzar el acompañamiento emocional dentro de las aulas y de dotar a los centros educativos de más recursos para ello.

Aunque el profesorado no sustituye el papel de profesionales de la psicología o de las familias, sí desempeña una importante labor de apoyo emocional. En el día a día escolar se generan vínculos, espacios de escucha y acompañamiento que resultan fundamentales para el bienestar emocional del alumnado.

La forma en que aprendemos a expresar las emociones no es igual para todas las personas. La educación emocional también está atravesada por estereotipos y mandatos de género. Desde edades tempranas, niñas y niños reciben mensajes diferentes sobre cómo deben comportarse emocionalmente. Mientras que a las niñas se les suele permitir mostrar tristeza o vulnerabilidad, a los niños se les continúa asociando con la fortaleza, el autocontrol y el silencio emocional.

Esto puede tener importantes consecuencias en la salud mental. Muchos chicos aprenden a ocultar emociones como el miedo, la tristeza o la frustración, dificultando la identificación y expresión de su malestar. En ocasiones, estas emociones terminan manifestándose a través de conductas agresivas o violentas.

Por su parte, niñas y adolescentes aprenden desde pequeñas a reprimir o interiorizar sus emociones, afrontando el malestar desde el silencio, la culpa o la autoexigencia. Una realidad que puede afectar de forma significativa a su salud mental y bienestar emocional.

Hablar de emociones en la escuela no implica únicamente trabajar habilidades individuales. También supone cuestionar los modelos de masculinidad y feminidad que siguen reproduciéndose socialmente y que condicionan la manera en que cada persona vive y expresa su malestar.

Por ello, promover una educación emocional con perspectiva de género no solo contribuye a mejorar la convivencia en las aulas, sino que puede convertirse en una herramienta clave para la prevención y detección temprana de problemas de salud mental en la infancia y la adolescencia. Generar espacios seguros donde el alumnado pueda expresar las emociones, sentirse escuchado y aprender formas saludables de gestionar el malestar es también una forma de cuidar la salud mental y avanzar hacia una sociedad más igualitaria.