España lidera el consumo mundial de benzodiacepinas y otros hipnosedantes. Más del 7% de la población toma estos medicamentos a diario y las cifras superan las 110 dosis diarias por cada 1.000 habitantes. Se trata de una realidad muy preocupante y que plantea importantes retos desde el punto de vista sanitario y social.
Pero detrás de estos datos existe una realidad que afecta especialmente a las mujeres.
Las benzodiacepinas son la única sustancia con capacidad adictiva cuyo consumo es superior entre la población femenina. De hecho, cerca de siete de cada diez envases se prescriben a mujeres. Los principales motivos son el insomnio y la ansiedad, dos problemas que afectan de forma significativa a su bienestar emocional.
¿Por qué ocurre esto? La respuesta no puede encontrarse únicamente en factores biológicos. Cada vez más especialistas señalan que el elevado consumo de estos medicamentos está fuertemente relacionado con aspectos sociales y de género. La sobrecarga de responsabilidades, las tareas de cuidados, la conciliación, la presión social y determinadas desigualdades estructurales generan situaciones de estrés y malestar que, en demasiadas ocasiones, terminan abordándose principalmente mediante tratamiento farmacológico.
A esta realidad se suma otro aspecto relevante: las mujeres presentan una menor derivación a recursos especializados de salud mental, recayendo su atención fundamentalmente en los servicios de Atención Primaria. Esto puede favorecer que determinadas situaciones sean abordadas principalmente desde una perspectiva farmacológica, sin que siempre exista un acceso suficiente a intervenciones psicológicas o a una valoración más especializada.
Las benzodiacepinas son herramientas terapéuticas útiles cuando se utilizan de forma adecuada y durante periodos limitados. Sin embargo, el uso prolongado aumenta el riesgo de dependencia y puede generar dificultades para abandonar el tratamiento, así como problemas que afectan a la calidad de vida.
Además, muchas mujeres que desarrollan un uso problemático de estos fármacos presentan simultáneamente otros problemas de salud mental, como trastornos de ansiedad, depresión, estrés postraumático o alteraciones persistentes del sueño. Una patología dual que suele complicar los procesos de recuperación y requiere una atención integral.
A todo ello se suma un elemento que sigue siendo determinante: el estigma. Por poner un ejemplo, las mujeres con problemas relacionados con el consumo de sustancias suelen enfrentarse a una mayor carga de culpa, vergüenza y ocultación que los hombres. Esta situación puede retrasar la búsqueda de ayuda y dificultar el acceso a los recursos especializados.
Las barreras son aún mayores para aquellas mujeres que tienen personas a su cargo o responsabilidades familiares, ya que con frecuencia carecen de apoyos suficientes para dedicar tiempo a su propio cuidado y tratamiento.
Por todo ello, cada vez resulta más necesario incorporar la perspectiva de género en la atención a la salud mental y las adicciones. Comprender las circunstancias sociales que influyen en el malestar psicológico permite ofrecer respuestas más eficaces, humanas y ajustadas a la realidad de cada persona.
Porque detrás de una receta no siempre hay únicamente un problema clínico. En ocasiones también existen desigualdades, cargas invisibles y situaciones de vulnerabilidad que merecen ser escuchadas y abordadas desde una perspectiva más amplia.
